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Las dianas, ese momento

Daniel Ramírez García-Mina

Son las 6:45 de un día cualquiera de la segunda semana de julio. El viento convertido en música por los integrantes de La Pamplonesa empieza a sonar. A su ritmo bailan los más valientes. Se forma un popurrí extraño. Aquellos, todavía tocados por una larga noche que aún no ha terminado, bailan con los que se han despertado temprano.

Todos siguen el sendero marcado por La Pamplonesa, que tiene como objetivo despertar a la ciudad. Nadie puede quedarse en la cama. Falta poco más de una hora para que comience el encierro.

Las dianas no son un momento cualquiera. Son la forma de empezar el día de muchos pamploneses, que no se darán por vencidos hasta haber escuchado la última jota dirigida por el maestro. Esto viene de largo. Mi abuelo tiene 80 años y recuerda las dianas como algo que se repite año tras año desde que tiene uso de razón. Me fío de él.

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Cuando empieza a sonar la música todo se para (aunque todo se mueve para algunos que todavía no se han acostado). Se respira algo especial. Ahí, cerca del maestro, están los de siempre. Saben cuándo la banda desafina, conocen siempre la nota que va a sonar. Es algo suyo, su momento.

Cada año son más las personas que se acercan cuando oyen sonar la música. Mucha gente se arremolina en torno a La Pamplonesa, pero en el centro, al ladito de los músicos, están ellos, los de ayer y los de mañana, los que miran todos los días el reloj de Kukuxumusu para ver cuánto falta. Las dianas suenan con anzuelo. Muchos pican y se hacen fieles para volver el año que viene.

Piel de gallina. Silencio cuando habla el maestro. Mano en alto, con un número marcado para sugerir cuál toca. Suena la música. Brazos arriba, agitándose de un lado a otro. Son las dianas. Ese momento, su momento.

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San Fermín en cifras

Daniel Ramírez García-Mina

Desde que el premio nobel de literatura, Ernest Hemingway, visitara las fiestas de San Fermín en 1923, millones de personas acuden a la capital navarra, año tras año, para ver qué es eso tan impresionante de lo que hablaba el autor de “Fiesta”. Pamplona tiene una población que ronda los 200.000 habitantes. Cada año, entre el 6 y el 14 de julio, llega a quintuplicarse incluso, alcanzado el millón y medio.

Los datos son más que ilustrativos. Supongamos que ese millón de turistas que visita Pamplona gasta una media de 100 euros durante esta semana. Tecleamos en la calculadora y averiguamos que la economía navarra puede alcanzar unos ingresos de ciento cincuenta millones de euros en tan solo siete días.

Procedencia: blogs20minutos.es

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El precio de la vivienda también denota la internacionalidad y la importancia de los sanfermines. El alquiler de un apartamento durante esta semana se incrementa en un 476%.

El momento, o momentico como se suele decir, más famoso es el chupinazo, que se lanzará mañana al mediodía. El escenario, la plaza del ayuntamiento, tiene mil metros cuadrados y llega a acumular más de doce mil personas. Una auténtica olla a presión. Los asistentes soportan, en ese instante, un ruido de 133 decibelios, lo que equivale al despegue de un avión a reacción.

 

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La cena en un penalti

Daniel Ramírez García-Mina

Pamplona. 7 de julio, San Fermín. La ciudad está teñida de blanco y rojo. Se calcula que más de medio millón de personas acudirán a la capital navarra para disfrutar de unas fiestas que todavía conservan la maravillosa tradición que las hizo famosas.

La noche es cálida. Es fin de semana y la calle San Nicolás está a rebosar. Decidimos salir a tomar una copa a la plaza de la iglesia que recibe el mismo nombre. Muchos hemos levantado aquí nuestro campamento provisional para reponer fuerzas y volver a adentrarnos en la marea rojiblanca habiendo cogido un poquito de aire.

La gente comienza a arremolinarse en torno a un lateral de la iglesia. Se ha instalado una portería. Cuatro euros es el precio por poder tirar desde los once metros. Si consigues marcar, habrás conseguido un premio. ¿A quién no le gusta el fútbol? Por lo menos dos de cada tres cuadrillas se paran a disfrutar del jolgorio que esto supone. Cuatro euros no es un precio muy alto. Una copa cuesta cinco. Por un módico precio de cuatro euros puedes tirar un penalti en mitad del casco viejo mientras disfrutas de un rato con tus amigos y además, estás lejos del agobio y el calor de los bares.

¿Por qué nos vamos a engañar? La situación era divertidísima. Los viejos adoquines de la calle San Nicolás resbalan. Es muy difícil marcar la pena máxima. Coges carrerilla, caminas hacia la pelota y cuando pones en el suelo el pie de apoyo y estás dispuesto a golpear resbalas cayendo al suelo estrepitosamente. Nos lo estamos pasando muy bien. Además, la dificultad por conseguir la hazaña hace que los nuevos lanzadores aparezcan con más frecuencia.

Es nuestro turno. Tenemos lanzador. Una buena zurda. Un buen ex jugador de fútbol. Me sitúo al lado del punto de penalti. En este momento observo la actitud del portero. No va vestido de blanco y rojo. No lleva ni siquiera el “pañuelico” de San Fermín. El alboroto no le inmuta. Mira fijamente al balón. Está concentrado. Sus compañeros de “profesión” se ocupan de que la gente no moleste para que el lanzador no tenga una nueva oportunidad de conseguir el premio. Mi colega coge carrerilla y dispara. Esta vez es el portero quien se resbala y la pelota entra dentro de la portería. ¡Es gol! Todos nos abrazamos y lo celebramos como si de un gol muy importante se tratase.

El portero le da como premio a mi amigo una corbata, un artículo adquirido, probablemente, en un bazar. La mirada del cancerbero refleja cansancio y decepción. Menos mal que ha sabido negociar bien. La corbata le ha costado, seguramente, la mitad de los cuatro euros que ha ganado con ese penalti. Sin embargo, ha perdido el postre de la cena. Tiene que parar un par de penales más y dirigirse al bazar a comprar otra corbata. La noche es larga. El juego, para los jóvenes, y negocio, para ellos, ha causado sensación. Todas las noches de San Fermín, el portero de la calle San Nicolás se jugará su cena en un penalti.

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